Alemania – Argentina. Una final de nostalgia

Imagen de la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014

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El próximo domingo 12+1 de julio acabará el Mundial. Si eres habitual de Plan Futbolero no deja de ser una perogrullada, pero es el Mundial donde defendimos mal el título y conviene poner el acento. Huelga hablar del batacazo de la Selección Española porque mucho se ha escrito ya, así que nos centramos en la final y los que van a disputarse la copa que llevará el Rey León Puyol como si de un Simba recién nacido se tratase.

Alemania-Argentina. Casi nada. Una final que, a día de hoy, me despierta más indiferencia que otra cosa, pero que, cuando echo la vista atrás, me recuerda a aquellas de los ochenta y principio de los noventa. Una final vintage de cromos de Panini. Con aroma a México 86 y a Italia 90. Que nos recuerdan a Brehme, a Rummenigge, a Schumacher, a Valdano, a Pumpido y a Ruggeri. Y a Matthaus si ejercito la memoria. Y a Maradona. A Diego Armando. Al jugador argentino genio de todos los tiempos sobre el que pesa el orgullo de todo el pueblo argentino ahora que se ha ido Don Alfredo. A aquello del barrilete cósmico en el camino a la final, cuando contra los ingleses. Que de tan repetido parece hasta nuestro mote familiar y Víctor Hugo Morales nuestro pariente lejano que se fue a hacer las américas. Recuerdo aquel partido, con la nitidez que te dan los 12 años de edad. Y pensé, ‘¡Menudo chupón el tío!’. Siempre caeñosn mal los chupones. Cuando a esa misma edad jugábamos en el descampado, la era lo llamábamos aquí en Valencia, y uno buscaba gambeta -que tampoco se llamaba así, y supongo que ahora igual, sino regatear- y la perdía, lo recriminábamos a la voz de ‘chupón’ con la vehemencia de nuestra pre-adolescencia, porque ya en las eras lo bonito era jugar entre todos.

Me viene el gol ante Bélgica de Maradona, casi cayendo en la ejecución, capítulo siguiente al del asesinato involuntario de nuestra ilusión por parte de Eloy a manos de aquel porterazo belga, Jean Marie Pfaff. Y la melena de Valdano a lo cantante de bulerías desgarbado. Y a Maradona besar la copa. Y mi mente, abducida por la nostalgia salta al 90, a Italia, donde eran El Diego y los demás, con el Pájaro Caniggia y el Cabezón Ruggeri, otra vez. Y en Italia, con los azzurri de gallitos, con un tipo llamado Toto, calvo incipiente, que hizo el mejor mes de toda su vida. Y justo en Nápoles, tierra del sur maltratada siempre por el poderoso norte, donde Dios se sienta a la derecha del Diego, jugándose los cuartos en las semifinales y el San Paolo decantándose por su ídolo y haciendo justicia y venganza con la historia. Y esa final, con los romanos silbando el himno argentino, y Diego diciendo aquello de ‘Hijos de’, vocalizando como en su vida. Y sus lágrimas cuando no fue él, sino Lothar el que beso, casi igual, la copa dorada. El Santo Grial del balompié, que se descubre al mundo cada cuatro años.

De todo eso me acuerdo ahora, a pocas horas de la final. Para la que no sé con quien sufrir. Porque Messi es un pechofrío. Incluso creo que hasta mala persona, porque tanta leyenda negra flotando en los vestuarios no es buena. Y los alemanes son mecánicos, aunque últimamente su fútbol tiene notas de vals que consiguen hacer que el corazón lata de emoción.

Pero si gana Argentina, me alegraré por Kempes y todos los papelitos. Y por Mascherano, que es jugador de los de antes, de los del código de la calle y la cancha. Y por el viejo. De eso estoy seguro. Sí. Viejo. Alguien te lo tiene que decir, Diego. Eres viejo. Eres nostalgia. Eres el 86 y el 90. Como yo.

Colaboración de José María Peris del blog ‘El Armario desordenado’
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